Qué necesidad

¡Pinches jotos!


Se escucha desde la ventana de un automóvil de lujo, seguido de unas risas burlonas, cómplices. El auto se aleja, yo miro a las personas que me acompañan y todos sonreímos con pesar, como sacudiéndonos el intento de insulto de aquella boca intolerante, la de aquel chico que se sintió con la autoridad moral para señalarnos por el sólo hecho de ser quienes éramos, y estar donde estábamos.

“Pobres, no son de aquí”, me consolé, diciendo, al ver la matrícula del auto. “Además, yo no soy joto, soy lesbiana”, pensé.


Esa noche, repasamos la anécdota un par de veces, y lo hemos seguido haciendo desde entonces. Y es que, aunque imitar la voz de aquel muchacho inevitablemente nos hace reír, sucede que no hemos podido olvidarlo, por una sencilla razón: nos duele, y mucho. Sucede que revivimos el evento porque no terminamos de entender qué pasa por la mente de una persona al hacer un juicio de esa naturaleza, y qué fuerza indomable le gobierna para que no pueda resistir el gritarlo con toda la fuerza de su voz. Claro que sabemos qué es la intolerancia, qué es la lesbofobia, la homofobia, y todos esos miedos absurdos, eso está incluido en el manual. Lo que no entendemos es la deshumanización que un acto como tal requiere.


Ese pequeño (que no insignificante) evento me hizo darme de cuenta de algo: jamás en la vida un desconocido me había insultado, exhibido, de esa forma por mis preferencias sexuales. Era la primera vez que alguien en la calle se refería a mí con un adjetivo despectivo, sin conocerme, asumiendo la forma en que llevo mi vida sexual y afectiva. Y lo peor es que aquel adjetivo ni siquiera me correspondía.

Me hizo darme cuenta, además, que los comentarios más dolorosos que he escuchado usualmente han venido de gente allegada o suficientemente cercana para sentirse con la confianza de opinar sin detenerse a pensar en el daño que pueden causar con sus palabras.


Me han dicho de todo, sí, machorra, manflora, marimacha, que no he encontrado a un hombre que me lo haga bien, que lo que me hace falta es una buena verga [sic], que qué bien por mí, pero que nada de manifestaciones de amor, por favor, porque alguien se puede incomodar; que mejor no haga, que mejor no diga, que mejor no opine. He tenido que sentarme a la mesa y aguantar los comentarios de los propios familiares, despotricando que las lesbianas y los maricones somos gente desviada, enferma, depravada, conflictiva, que estamos mal de la cabeza y todo lo que queremos es ver el mundo arder.


Y es que parece que les cuesta trabajo, que les va a sangrar la boca al decir la palabra “lesbiana”, porque creen que la existencia de una mujer se reduce a gravitar hacia y alrededor de un pene. Porque prefieren que no les incomodemos, sin detenerse a pensar cuán incómodo ya es para nosotras el no poder ser, libremente, frente a las personas que amamos (pero cuyo amor hacia nosotras está condicionado). Prefieren invisibilizarnos con sus eufemismos y su falsa condescendencia, antes de reconocernos como personas, con todo lo que eso implica.


Aunque en su momento me habría encantado tener el valor y las palabras para responderles a todas y cada una de esas personas, la realidad es que, invariablemente, terminé por disculparme con ellas, agachando la cabeza y guardando silencio. Y al no defenderme estaba dándoles la razón, aceptando aquel contrato unilateral e injusto. Estaba dándoles el poder de suprimirme.


Con el tiempo he logrado entender muchas cosas, entre ellas, que hay que saber elegir las batallas, por eso he optado por alejarme de esa gente y construirme un entorno nuevo a partir del amor y el respeto. Elegí jamás volver a poner la otra mejilla, no tolerar de nuevo ninguna clase de agresión a mi persona, y ser más atenta, porque muchas veces esas agresiones vienen disfrazadas de buena intención.


Resulta conmovedor mirar a los ojos a una adolescente para decirle que su vida no será sencilla, porque ha tomado un camino que por más que ella no quiera, está institucionalizado para ser difícil. Duele decirle que por ser mujer se empeñarán en volverla objeto, y que encima de todo tendrá que ser muy valiente para soportar las tempestades que desaten sus deseos, porque la rebeldía se paga cara en este mundo intolerante. Es imposible no llorar al decirle que desde ahora mucha gente va a obviar todos los atributos buenos que pudiera tener, para juzgarla basándose en una sola cosa: sus preferencias. No queda más que abrazarla y asegurarle que no está sola, que no tenga miedo ni sienta vergüenza ni culpa de nada, que su sexualidad y sus afectos no definen quien ella es; aplaudirle su coraje y alentarla a alzar la voz, a perseguir su libertad a toda costa; extenderle una mano amiga y un abrazo seguro, desearle todo lo bueno del mundo y pedirle una sola cosa: que se cuide, mucho.


Yo tuve alguna vez quince años y, estando encerrada en aquel baño de escuela, hecha un ovillo en el suelo junto al inodoro, sintiendo el peso del mundo sobre mí, me hubiera gustado que alguien llegara y se sentara conmigo a hablar de esa forma, sin juzgarme, a abrirme su corazón y decirme que sin importar lo que pasara, al final todo iba a estar bien.

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