Misa negra

El templo. Tu recuerdo tocó mi hombro esta tarde, entró en mi cabeza e hizo cimbrar mi cuerpo, retumbó en mis oídos como una grave campanada haciendo eco en una catedral solitaria, oscura y fría, llena de niebla.

La sacerdotisa. La ira que en mí duerme se activó y se apresuró, desde los minúsculos vasos de mis yemas, de mis ojos, se apretujó por los entronques de mis venas y viajó a la velocidad del sonido, convergió en el centro de mi plexo solar y comenzó a batir como un ariete contra la puerta de una muralla.

La ofrenda. Tu fantasma tormentoso se manifestó ante mí. Pude verlo, tocarlo, olerlo. Tu figura era la de un condenado, de espaldas al paredón, abandonado por la esperanza frente a los cañones brillantes de un pelotón de fusilamiento.

Recorrí tu anatomía tan familiar, tan indefensa, desde la palma de tu mano hasta el lóbulo de tu oreja, desde tu sien hasta el arco de tu empeine. Cotejando con la memoria para que no faltara ni sobrara nada, ni un lunar, ni una línea, ni un cabello.

El ritual. La ira subió al altar, se instaló en mi entrecejo e inyectó sangre en mis ojos. Apreté en mi mano cuanto cabello pude de tu cabeza y tiré de él, estirando tu blanco cuello, exhibiéndolo en todo su esplendor. Recorrí con la punta de mi lengua desde tu clavícula hasta tu mandíbula, emanando un aliento húmedo y caliente por mi boca.

Tendí tu cuerpo sobre la mesa y te arranqué la ropa y clavé mis ojos en tu piel pálida. Me arrojé sobre ti y comencé a besarte violentamente, a ahogarte con mi saliva, a morderte los labios hasta que brotó de ellos el elíxir metálico. Mis manos te recorrían con aspereza, mis uñas araban tu suave carne. Mordí tus pezones, exprimí tus seños. Lamí tus costillas y el cuenco de tus axilas. Rasguñé tu ombligo, tu vientre, tus muslos y tus glúteos.

Con tus corvas en mis hombros y tu cadera en mi pecho, invoqué a los demonios más infames mientras te estrangulaba con caricias y te apuñalaba con mi lengua. Tu cabello escurría por el mármol frío como un espeso río negro.

La comunión. Nos volvimos un solo cuerpo. De rodillas me entregué al éxtasis doloroso, al sacrificio máximo del espíritu. Exhalé mi último aliento en forma de gemido, de rugido; la plegaria más ferviente, la de quien enfrenta la derrota y se arroja al abismo como última salida, pues ya no tiene nada que perder.

La expiración. Con las piernas temblando, dejé caer mi cuerpo vencido y me entregué a un sueño narcótico, cerrando detrás mío el portal oscuro al infierno. La niebla se disipó, la luz crepuscular se coló por los vitrales rotos de la catedral. La ira, parsimoniosa, se pulverizó y volvió al su escondite, a su letargo, a esperar de nuevo la llamada de tu recuerdo.

  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • RSS Classic

SAPPHO & CO.

Somos una iniciativa mexicana que fomenta la visibilidad y los derechos LGBT creando espacios físicos y digitales cómodos y seguros, de recreación y encuentro entre mujeres de la comunidad LGBT en México

  • Facebook
  • Instagram