Hojas secas

Te descubrí, nos descubrimos, un otoño entre la gente y el ruido, entre sillas y escritorios, entre cuadernos y uniformes a cuadros. Unas manos pequeñas y blancas poniendo una flauta entre las mías, las mismas manos que poco después cubrirían mis ojos para permitir que tu boca se acercara lo suficiente a la comisura de la mía.

Las hojas secas crujían bajo nuestros pies, yo te acompañaba por un sendero y tú me hablabas de tu mundo, tan pequeño y frágil. Yo sólo seguía tus pasos y el sonido de tu voz, ascendiendo por aquel bosque, sin saber muy bien por qué.

Desde entonces sólo quise estar cerca de ti, porque sentía que si no te miraba cosas terribles podían pasar. Entonces me di cuenta de que tus ojos también buscaban los míos y que tu alma se sentía tan inevitablemente atraída hacia la mía.

Como si el universo estuviera de nuestro lado, un día me hallé sentada justo detrás de ti, contemplando el remolino rubio en tu nuca erizándose mientras mis labios rozaban tu oreja. Dejaste caer una mano distraída y comenzaste a acariciar mi rodilla. Yo tiré un poco de mi falda para descubrir un muslo anhelando ser tocado.

El despertar de dos cuerpos, los de un par de niñas descubriéndose mujeres, abrazándose entre el humo de incienso y los tañidos místicos. Tus ojos de gato, mis ojos de perro. Tus dientes perfectos y los míos desordenados, enmarcados en metal. Tu rostro hundido en mi cuello y mi mano aventurándose hasta tu baja espalda.

Las cartas se inundaron con promesas de eternidad, de trascendencia universal. Las llamadas se llenaron de dulces silencios respiratorios y canciones que hablaban de cariños lejanos y almas entregadas. Los libros y cuadernos se tapizaron con nuestros nombres. Nos cubrimos de amuletos para no olvidarnos jamás, para preservar eso que era innombrable pero que nos hacía tan felices.

Tardes solas, casas solas. A veces música cadenciosa, a veces el sonsonete de un televisor y una consola. Yo estaba inmóvil, hipnotizada, con las manos sudorosas, a veces en un sillón, a veces en una cama. Descubrí algo de malicia en el movimiento de tus caderas, a veces frente a mí, a veces sobre mí.

Que orgullo ser la elegida para descubrirte de esa forma. Que dicha la de entregarse sin más a un juramento sin estatutos. Cuánta envida la de la gente que no entiende de esas cosas, que señala y juzga, que llena pasillos y aulas con susurros venenosos y rumores perniciosos.

Se cayó el velo que nos cubría, perdimos el anonimato que nos concedían la falda plisada y las medias hasta la rodilla. Un gran reflector se ubicó sobre nuestras cabezas y de pronto te confinaron los barrotes del prejuicio. Yo no pude más que contemplarte impotente desde la calle, preguntándome qué hacer con todo eso que tenía dentro y que guardaba para ti; resistiendo insultos y amenazas, sometida al aislamiento y la vergüenza. Entonces comprendí que el mundo es un monstruo morboso y tirano, que no tolera que nadie sea feliz fuera de sus normas absurdas.

Luego llegó él y con su mano violenta sujetó tu brazo, apartándote de mí, adueñándose de tu mundo pequeño y frágil, llenando tu cuerpo de manchas amoratadas. Yo ya no quise ver tus ojos, pues no eran más los tuyos. Te había tragado esa otra persona en la que te convertiste, cuyo olor ya no era el mismo, cuyas manos no eran ya tan suaves, en cuya voz ya no había dulzura.

Las cartas se borraron, las promesas se olvidaron. Los amuletos perdieron su poder y terminaron por romperse. Un día nos despedimos por el teléfono sin saber que sería la última vez.

Se había revelado la paradoja, que mi vida no era más que una línea tangente a la curvatura de tu cuerpo, capaz de tocarla sólo en un punto, una sola vez, para después perderse en el infinito. Nuestro breve sendero de hojas secas se bifurcó, tú seguiste un camino y yo me quedé a recorrer este otro que elegí el día que me enamoré de ti.

Supongo que por eso le llaman adolescencia, porque quizá en su etimología se oculta el sufrimiento, porque a esa edad nos perturban nuestros sueños, nos devoran las inseguridades, porque nos duele el aire que respiramos y nos arde la piel de aquello que eventualmente hemos de reconocer como deseo.

  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • RSS Classic

SAPPHO & CO.

Somos una iniciativa mexicana que fomenta la visibilidad y los derechos LGBT creando espacios físicos y digitales cómodos y seguros, de recreación y encuentro entre mujeres de la comunidad LGBT en México

  • Facebook
  • Instagram