El zafiro de Bombay (o La historia súper cursi de cómo me enamoré en un bar)

Preludio

La historia comienza como muchas otras: estoy en un bar, un sábado cualquiera. Una banda de jazz anima la noche y yo, como siempre, me acomodo en alguna esquina para disfrutar la vista. El paisaje es el habitual para este tipo de lugares, gente decorosa sentada en bancos altos y sillones de terciopelo, copas estilizadas y cocteles presuntuosos se mecen en sus manos. Las pláticas y risas acompañan el arpegio de una guitarra y la voz ronca del cantante.

Allegretto

Yo la vi de inmediato.

Distraída, mirando a la banda tocar mientras jugueteaba con un vaso, acompañada pero solitaria. Mis ojos se clavaron en su inconfundible perfil y pensé: tengo que hablar con ella.

La intención del alma es poderosa e infinita. Me vislumbré como una criatura que ha vivido bajo la tierra toda su vida, cuyos ojos están tan acostumbrados a la oscuridad, a la falta de color; y de repente, por capricho del universo se le presenta un zafiro, enorme y resplandeciente, de una belleza tan asombrosa que el deseo de acercarse y tocarlo supera a cualquier otro deseo, por más natural que sea. La mente que no lo puede creer, el alma necesita cerciorarse para volver a estar en paz.

Por más que intenté distraerme, no podía dejar de pensarlo, quería volver a mirarla. Con una increíble fuerza de voluntad la mantuve fuera de mi campo de visión lo más que pude. Pero ya estaba en mi cabeza, esa fracción de segundo en que la contemplé, estaba impresa en la corteza de mi cerebro como el negativo de una fotografía.

Scherzo

Tres canciones después, sin más rodeos me levanté y me acerqué a su lugar. En este pueblo la gente socializa, sin más, porque el común denominador es ser foráneo, extranjero, desterrado, o refugiado. La noche cubre mi espalda cuando me acerco y la saludo.

Y la plática fluye naturalmente, hablamos de la ciudad, del país. Ella me cuenta de su viaje por estos terruños, de su trabajo, de su familia y de su herencia surasiática, me cuenta que está enamorada de los tacos al pastor y yo admiro su belleza de reojo. Su abundante cabello largo, negro como mi alma, me recuerda a aquella historia en la que Brahma conecta la vía láctea con el río Ganges usando su melena. Yo rozo su antebrazo, sin querer, queriendo.

Rondó

Aunque el encuentro fue breve, dejó en mí una sensación de triunfo, de genuina satisfacción. He olvidado su voz, su rostro se desdibuja, la tinta en la corteza de mi cerebro se diluye, pero en un sueño la recreo a mi manera. Dibujo su perfil, sus ojos grandes y lo blanco de ellos, más blanco que la leche, sus dientes perfectos, su piel morena, imagino que su cabello huele a jazmín.

En el sueño ella cura mis dolores con sus manos suaves, me habla con ternura, me escucha, me mira. En mi sueño yo bailo a su alrededor, ella me sonríe, bailamos juntas, la gente se une a nosotras, todos levantamos las manos y danzamos y reímos al más puro estilo de Bollywood.

*****

Los aficionados al deporte extremo de enamorarnos tres veces al día, guardamos un álbum Panini en el corazón, una colección de amores platónicos, de esos de pura contemplación. Y como a una reliquia la guardaré a ella en mi álbum y la bautizaré como Kavya, porque ella en mis sueños es un poema.

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