Dating in your 30s (o Ensayo Relacional del Trigenio)

Necesitamos comprar Riopan. Rompí el silencio que conlleva la meditación diurna, tras recapitular el viacrucis gástrico que vivimos después de un fin de semana de esparcimiento cerca de la Sierra de Lobos. O Galaver, que es más barato.


Desde entonces, ella y yo, hemos dedicado no sólo tiempo sino parte de nuestro presupuesto a armar nuestro kit digestivo antiácido, antiespasmódico, antiinflamatorio, antigas, fibrodietético, bueybílico, y por nada del mundo afrodisiaco.


En la lista de deseos ya tenemos la pomada del tigre y el gel de peyote reforzado con marihuanol, bajo la premisa de que las rodillas o la espalda baja nos pueden doler si, al calor de la fiesta, el perreo se lleva a cabo de forma intensa y a escasos centímetros del suelo. Estamos convencidas de que podemos comernos el mundo juntas, siempre y cuando contemos con el respaldo de la (siniestra) industria farmacéutica y la herbolaria contemporánea mexicana.


Nota mental: En mi próximo cumpleaños pondré la mesa de regalos en la Farmacia del Ahorro.


En más de una ocasión me habían contado de este fenómeno que les ocurre a las mujeres una vez que cumplen los 30. No hablo de los achaques y las “-itis”; me refiero a subir un peldaño de madurez, de alcanzar otro nivel de iluminación; algo así como un Logro Desbloqueado en este infame juego de Xbox que es la vida.


Déjenme decirles, ahora que ya llevo casi 3 años viviendo en el “tercer piso”, que ese pedo es súper real. Y se ve reflejado en todos los aspectos de la vida, particularmente en cómo nos relacionamos con las demás personas, a quién elegimos para compartir qué parte de nuestras vidas y cómo convertimos personas en afectos.


Una chica que conocí a través de una de estas apps de citas me cuestionó una vez. Dime la verdad ¿nos vamos a conocer o no? Porque no me gusta que me hagan perder el tiempo. Y aunque su crudeza me desconcertó momentáneamente, la comprendí por completo. A mí tampoco me gusta que me hagan perder el tiempo, no estoy para estar esperando a nadie ni me interesa andar poniendo santos de cabeza. ¿Vas a estar? Chido. ¿No vas a estar? También, chido, pero no me estorbes. Al final ni nos conocimos y en algún momento una de las dos le envío un WhatsApp a la otra sin saber que sería el último.


Entrar a una relación en los 30s implica obviar varios pasos. El cortejo se convierte en negociación; la galantería y el coqueteo se sustituyen por preguntas o comentarios directos. ¿Qué opinas de esto? Me caga, siguiente pregunta.


Y todo se vuelve menos complicado, menos superfluo. ¿Te apena desvestirte frente a ella? Mira, esta estría en mi cadera se parece a Keanu Reeves, y acá junto al ombligo me sale un pelo blanco largo que le llamo El Pelo del Diablo. ¿Su último WhatsApp fue un monosílabo? Seguro anda cansada, o viene manejando, o simplemente no le da la gana y está bien porque esta nueva serie de Neftlix está rebuena. Un emoji de guiño con besito y ahora sí, cama con espuma de memoria, soy toda tuya.


Porque puede que no sepamos bien lo que queremos, pero tenemos muy claro lo que NO queremos: dramas. Simplemente, no hay cabida para eso.


Siendo honesta, el amor romántico me da ¡BUAGH! Guácala, qué asco, fuchi. Bye. La posesión y los celos me enferman, por lo tanto soy enemiga de los pleitos de novela de las 5. Mira, no te rompas la cabeza, me flipan los senos de Martha Higareda, sí. Pero elijo irme a la cama contigo y eso me flipa todavía más. Entonces ¿cuál es tu punto? Ve a terapia, mejor.


Porque no todo es risas y colitis. A los 30 comienzas a priorizar tu salud mental por encima de cualquier situación. Y te das cuenta de lo épico que resulta luchar por no caer en los vicios emocionales del pasado, por no dejarnos gobernar por nuestras inseguridades ni dejar que los traumas que arrastramos se conviertan también en lastre para quienes nos acompañan. Aunado a eso la búsqueda individual de autonomía, manteniendo el respeto a la otra como individua y acompañándola en sus propios procesos. Quien me diga que el equilibrio no es difícil de alcanzar, seguramente vive debajo de una piedra.


Pero el repudio hacia el amor romántico no implica necesariamente la extinción del romance, ni nos convierte en la Reina de Hielo de Narnia. Porque el romance y el amor romántico no son lo mismo. En los 30 sí hay romance, y mucho, pero este se da de otra forma; nace de apreciar las sutilezas (posmodernas) de lo cotidiano: enviarse memes, canciones, videos, artículos, audios kilométricos o fotos de pompis de abejitas por mensajería instantánea; escuchar música de nuestra adolescencia en el estéreo del auto, hacer listas de reproducción colaborativas en Spotify, planear nuevas formas de subversión, mirarse a los ojos mientras se sorbe un Riopan. No hay cartas de amor febril, pero hay fragmentos de Parménides García o tweets de Elvira Sastre o poemas eróticos en el tráfico de las tres de la tarde. Los sobrenombres sosos y las charlas con voces infantiles son a discreción.


En fin, que relacionarse en los 30 tiene su chiste, pero vale la pena, pues nos llena de otras formas, mental y espiritualmente. Y aunque la sociedad nos haga creer que se nos está yendo el tren, que somos esas señoras que ganan a lo último en el bingo y se llevan pura pedacería como premio de consolación; la verdad es que la vida es una tanda y el que nos toque a lo último no significa que nos toque menos, con la ventaja de que tuvimos tiempo de sobra para pensar en qué invertir nuestro ahorro afectivo.


Y así. Fin.


Poema para una misma:


Ya no preguntamos ¿durará para siempre?

Ya no nos paseamos por las aceras grises

de la Calle de la Amargura,

ni nos mordemos las uñas de angustia,

ni nos sentamos a lamentarnos

en la orilla de la nostalgia.

Quien nos busque tendrá que alcanzarnos

en el aquí y el ahora.

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